viernes, 9 de septiembre de 2011

A ras del cielo.

Hace tiempo en una charla de sobremesa con amigos, la conversación derivó hasta tocar el tema del vuelo sin motor. Me preguntaba en ese momento, cómo era posible que un aparato parecido a un avión pero sin ningún tipo de propulsión, pudiera mantenerse en el aire, pudiera volar.Una amiga ofreció la posibilidad de hacer realidad ese sueño y acepté sin pensarlo dos veces. Anteayer recibí un email citándome, junto a varios amigos, en el aeródromo de Fuentemilanos para ver de cerca, y por supuesto experimentar en primera persona, cómo se desarrolla el vuelo sin motor.
La mañana de ayer pasó sin pena ni gloria. En la oficina más de lo mismo.

Conforme iba acercándose la tarde despertaban las mariposas en el estómago y algo parecido a cierta inquietud no me dejaba estar tranquilo. Las ganas de volar, de ver cómo sería eso, se acrecentaban por segundos.
Una vez en Fuentemilanos vimos de lejos el aeródromo, nuevo para mi, y sus avionetas, su torre de control y sus veleros. La tarde estaba espléndida para la actividad. Cielo nítidamente azul, alta temperatura y una pizca de viento componían la receta de una inmejorable sesión de vuelo sin motor.
Arrastrados por una avioneta que les ponía en vuelo fueron desfilando, subiendo y bajando, uno tras otro, todos los amigos. A la bajada los comentarios, y sobre todo sus caras, delataban su entusiasmo y les costaba encontrar la palabra que mejor describiera lo que sintieron allá arriba. Mis nervios, imaginaos, estaban como cuerdas de guitarra. Hacía fotos a todo y a todos. Por fin..........me toca a mi.
Ya he visto al resto cómo se ponen el paracaidas y no lo dudo. Pensarlo ya da algo de yu-yu. ¿Estos veleros son seguros?¿Dará tiempo a que se abra el paracaidas?. No sé...... en estos momentos cientos de preguntas pasan por mi cabeza.
El piloto me explica, con la seguridad de que no será necesario, las medidas de seguridad y cómo aplicarlas en caso de accidente. Esperemos que no sea yo quien rompa la estadística de los escasos, casi nulos, accidentes en este tipo de vuelo. ¿Que puede fallar en un aparato que no lleva motor? me responde el piloto al preguntarle por la seguridad. Tiene razón pero viendo de cerca esos veleros parecen muy frágiles.
La avioneta se pone en marcha, el cable se estira y comenzamos a ser arrastrados por la pista. En apenas unos segundos estamos en el aire cogiendo progresivamente más y más altura. Uff, da cosa mirar hacia abajo. Casi mil metros nos separan del suelo. Todo se ve en miniatura. Otero, Las Navillas, Revenga, Valverde, Abades, la cañada, la sierra, etc... Al cabo de un rato el piloto suelta el cable que nos une a la avioneta y esta se deja caer en picado hacia la pista de aterrizaje dejándonos solos, a merced de las térmicas, en el aire. Antonio, el piloto, se acerca a la sierra buscando la térmica que nos haga subir y con la que poder jugar y divertirnos. -. No es un buén día. La térmica no "tira", me comenta. Estos veleros funcionan emulando a las aves. Buscan la corriente de aire caliente que asciende (térmica) y se dejan llevar jugando con esas fuerzas invisibles que hacen que permanezcamos colgados del cielo planeando de un lado a otro. Antonio me va explicando todo lo que le pregunto, me cuenta qué es lo que vemos abajo y para qué sirven todos los relojes y palancas que veo ante mi. Altímetro, velocímetro y otros cuyos nombres no he sido capaz de retener.
Casi finalizando el vuelo deja caer, casi en picado, el aparato para planear a ras de pista y dar la posibilidad a los de abajo de hacer fotos y grabar la pirueta que en muy poco tiempo nos lleva de nuevo arriba. Impresionante de verdad. Como cuando el coche pasamos un cambio brusco de rasante y parece que se nos sale el estómago por la boca. Pero en mayúsculas. La sensación es brutal. Un viraje repentino hacia la izquierda para tomar pista. Los vellos se erizan viendo las alas del velero totalmente perpendiculares al suelo. Desaparecemos a vista de todos y volvemos a la pisa para aterrizar suavemente. Antonio es un genio, un orfebre del vuelo sin motor que maneja los mandos de estas naves a su antojo y con total soltura y confianza. Disfruta con ello. Se le ve. Y nos hace disfrutar a nosotros.
Una jornada inolvidable. El sueño de poder volar, la perspectiva imposible.
Por cierto, las cervezas y el ágape posteriores en casa de Marian (Marian muchas gracias por todo) inmejorables.
Pronto os contaré una aventura que tuvimos en Semana Santa. Hace ya tiempo pero no me resisto a dejarla en el tintero. Seguid por aqui. No os vais a arrepentir.

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