Calor, demasiada calor para una prueba de este nivel.
Y más cuando se está tanto tiempo en faena deseando cruzar la línea de meta y repasando mentalmente a cada zancada lo que falta para el acueducto.
Un éxito de participación y de organización, como en las pasadas ediciones. Inconmensurables los que compiten por la victoria.
Los demás cada uno hemos hecho lo que hemos podido. Yo, en particular, terminarla que no me parece poco.
Ahora a recuperar las piernas.
Ya te digo.
domingo, 25 de marzo de 2012
viernes, 20 de enero de 2012
Gracias amigos
Hace unos días, paseando por los montes de Valsaín que tanto nos gustan llegamos a La Camorca. Excelso mirador de buena parte de las cumbres de nuestra Sierra de Guadarrama.
Allí, en la cumbre, junto al mirador de prevención de incendios de reciente construcción, está el refugio de siempre. En ese refugio tres montañeros madrileños se disponían a comer con la tranquilidad de un trabajo bien hecho.
Nos contaron que pocos días antes de Navidad subierno hasta allí arriba y se encontraron que el tubo de la estufa que hay dentro del refugio estaba roto y decidieron arreglarlo pasadas las Navidades. Para ello subieron un tubo nuevo y materiales para fijarlo a la pared y aislarlo de modo que no entre la lluvia ni el viento.
Damos fe que la obra ha quedado perfecta.
Desde estas humildes líneas nuestra gratitud y homenaje a estos montañeros anónimos que, sin pedir nada ni esperar nada, tanto hacen por los demás con sus obras.
domingo, 8 de enero de 2012
¿Es el enemigo?. Que se ponga.
Si alguien hubiera llegado en el momento justo en que la partida daba comienzo estoy seguro que habría salido corriendo avisando que en las dehesas salmantinas se escondía un grupo de terroristas o que nos había invadido algún enemigo.
Nada más lejos de la realidad. Todos los trajes de camuflaje, todas simulaciones de armas reales y toda la estrategia militar unicamente forman parte de un juego. Un juego con, todavía, pocos adeptos en el que lo que más importa es el respeto al compañero y al entorno que nos rodea. Hablamos del airsoft.
Un grupo de amigos, amantes de este juego nos ha invitado a acompañarles hasta Salamanca donde se disputaba una partida para grabar todo lo relativo a este novedoso, y apasionante, juego que emula una contienda militar en la que nunca hay ninguna víctima, en la que en lugar de balas usan bolas biodegradables y en la que lo que parecen destructivas armas son sólo inocentes réplicas simulando a las reales al milímetro.
Se pertrechan y arman hasta los dientes, forman dos grupos y se diseminan por el nebuloso bosque de encinas en busca del "enemigo" cuidandose bien que este no les descubra, y abata, antes a ellos.
Hemos jugado con ellos y lo hemos grabado todo. Lo hemos pasado en grande.
Al final una opipara comida en Salamanca ha puesto broche de oro a una jornada festiva cien por cien.
martes, 27 de diciembre de 2011
Cervino (V)
El día 26 despierta soleado. Desayunamos tranquilos e iniciamos una bajada lenta y alegre. Grabando y tomando fotos al Cervino que acabamos de dejar atrás. Tras varias horas alcanzamos de nuevo el telecabina que nos deja en Zermatt. De ahí, de nuevo en taxi hasta el camping. Deshacemos la mochila y nos damos una ducha caliente y reparadora. La mejor ducha de nuestra vida. Tras ella volvemos a Zermatt donde paseamos por el pueblo, nos damos un homenaje comiendo opíparamente y visitamos el museo del Cervino con toda la historia, la leyenda y el encanto que rodea a esta colosal cima. Es sorprendente ver que hay un cementerio de montañeros en este pueblo en el que están enterrados muchos de los que dejaron su vida intentando conquistar alguna de las peligrosísimas cimas de esta zona de los Alpes.
Cervino (IV)
El día 25 de abril disfrutamos de un amanecer de ensueño, de postal. Amanece despejado y el Monte Rosa que divisamos al frente se torna idílico. La previsión del tiempo dice que a medio día entrará tormenta. No falla. A la una de la tarde un frente de nubes se fija sobre el cervino y descarga una impresionante nevada que cubre de blanco toda la pared de la montaña. Toda la tarde metidos en el saco, en el refugio sin saber que hacer, de qué hablar o qué pensar. Demasiado silencio. Muy pensativos y con el ánimo por los suelos. Poco antes de cenar hablamos entre todos sobre la conveniencia de intentar la cumbre al día siguiente. La previsión de tiempo da bueno. Mis nervios me pueden, la ilusión hace ya muchas horas que no me acompaña y el deseo de bajar es muy grande. Opto por no subir y así se lo hago saber al resto de compañeros. No estoy en condiciones ni físicas ni anímicas. Además no tenemos gas para derretir nieve y sin hidratación lo pasaríamos muy mal en caso que hubiera que pasar una noche más en la Cabaña Solvay. Juan opta por quedarse también. Tampoco se ve con fuerza. Cristina va a pensarlo durante la noche y Carlos busca a alguien que le acompañe. El sólo no subirá. La noche se hace eterna. Cada segundo es un año y, por fin, los primeros rayos de sol muestran en la privilegiada posición que nos encontramos.
El día 25 Cristina habla con Carlos y le manifiesta que no se ve con fuerza para subir tampoco. Carlos, tranquilo y comprensivo, como siempre, se conforma y prepara todo para la bajada. Suerte tener a alguien como él en el equipo. Hacemos la mochila y comenzamos un verdadero suplicio en cada paso, en cada rápel. Mi bloqueo mental y físico es total. No sería capaz de bajar dos peldaños sin asegurar y eso hace que ralenticemos la bajada hasta el punto de necesitar la friolera de veinticinco rápeles para lograr el refugio Hörnli Hütte. Carlos, siempre calmado y buscando los clavos de los que rapelar, anima a la tropa. Si subir fue lento bajar parece ralentizado. Sigo bloqueado y va a peor. El vacío me puede, los nervios no me soportan, me rindo mil y una veces. Soy un guiñapo, un muñeco sin fuerza, arrastrado hacia abajo por mis tres compañeros, llevado en volandas por tres ángeles que me salvan la vida. Literal. Así de duro y así de simple.
Tras doce horas llegamos a la seguridad de las inmediaciones del Refugio Hörnli Hütte en el que decidimos pernoctar dada la hora a la que hemos bajado.
Me encuentro en muy mal estado aunque contento por haber dejado atrás ese tormento. Ahora comprendo que yo no debería estar ahí. Que jamás debería haber subido y que he sido una rémora, una carga y el único culpable que la expedición no haya llegado a buen término. Hablo con mis compañeros y les pido, les suplico, me disculpen. Ellos, comprensivos, no hacen sino animarme y reconfortarme.
Esta noche dormimos a pierna suelta.
Cervino (IV)
El día 25 de abril disfrutamos de un amanecer de ensueño, de postal. Amanece despejado y el Monte Rosa que divisamos al frente se torna idílico. La previsión del tiempo dice que a medio día entrará tormenta. No falla. A la una de la tarde un frente de nubes se fija sobre el cervino y descarga una impresionante nevada que cubre de blanco toda la pared de la montaña. Toda la tarde metidos en el saco, en el refugio sin saber que hacer, de qué hablar o qué pensar. Demasiado silencio. Muy pensativos y con el ánimo por los suelos. Poco antes de cenar hablamos entre todos sobre la conveniencia de intentar la cumbre al día siguiente. La previsión de tiempo da bueno. Mis nervios me pueden, la ilusión hace ya muchas horas que no me acompaña y el deseo de bajar es muy grande. Opto por no subir y así se lo hago saber al resto de compañeros. No estoy en condiciones ni físicas ni anímicas. Además no tenemos gas para derretir nieve y sin hidratación lo pasaríamos muy mal en caso que hubiera que pasar una noche más en la Cabaña Solvay. Juan opta por quedarse también. Tampoco se ve con fuerza. Cristina va a pensarlo durante la noche y Carlos busca a alguien que le acompañe. El sólo no subirá. La noche se hace eterna. Cada segundo es un año y, por fin, los primeros rayos de sol muestran en la privilegiada posición que nos encontramos.
El día 25 Cristina habla con Carlos y le manifiesta que no se ve con fuerza para subir tampoco. Carlos, tranquilo y comprensivo, como siempre, se conforma y prepara todo para la bajada. Suerte tener a alguien como él en el equipo. Hacemos la mochila y comenzamos un verdadero suplicio en cada paso, en cada rápel. Mi bloqueo mental y físico es total. No sería capaz de bajar dos peldaños sin asegurar y eso hace que ralenticemos la bajada hasta el punto de necesitar la friolera de veinticinco rápeles para lograr el refugio Hörnli Hütte. Carlos, siempre calmado y buscando los clavos de los que rapelar, anima a la tropa. Si subir fue lento bajar parece ralentizado. Sigo bloqueado y va a peor. El vacío me puede, los nervios no me soportan, me rindo mil y una veces. Soy un guiñapo, un muñeco sin fuerza, arrastrado hacia abajo por mis tres compañeros, llevado en volandas por tres ángeles que me salvan la vida. Literal. Así de duro y así de simple.
Tras doce horas llegamos a la seguridad de las inmediaciones del Refugio Hörnli Hütte en el que decidimos pernoctar dada la hora a la que hemos bajado.
Me encuentro en muy mal estado aunque contento por haber dejado atrás ese tormento. Ahora comprendo que yo no debería estar ahí. Que jamás debería haber subido y que he sido una rémora, una carga y el único culpable que la expedición no haya llegado a buen término. Hablo con mis compañeros y les pido, les suplico, me disculpen. Ellos, comprensivos, no hacen sino animarme y reconfortarme.
Esta noche dormimos a pierna suelta.
Cervino (III)
Día 23 de Abril de 2011. Fiesta en Castilla y León, nuestra querida y, ahora, lejana tierra. Amanece con muy buena temperatura aunque con alguna nube en las cercanas cumbres alpinas. Tras un rápido café nos espera una furgoneta, a modo de taxi, para subirnos a Zermatt ya que en esta localidad sólo circulan coches de caballos y vehículos eléctricos.
Primer contratiempo. Al atarse las viejas Koflach de plástico, Cristina descubre que una de ellas está rota, inservible para subir al Cervino. En Zermatt y en tiempo record compra un par de botas nuevas, y carísimas, que garanticen los pies secos al menos.
Encontramos Zermatt lleno de esquiadores buscando los teleféricos que les lleven a las diferentes pistas de esquí. Nosotros usamos uno de ellos que nos sube hasta la cota 2500 desde los 1400 m. de Zermatt. Tras bajar del telecabina en Lago Schwarzsee comienza de verdad nuestra aventura. Ante nuestros ojos el Cervino imponente, poderoso, atractivo. Un escalofrío recorre el cuerpo. La hazaña, ahora, se antoja imposible. La emoción nos embarga y cargados comenzamos a caminar hacia el colmillo alpino por nevadas laderas que nos hacen, desde el principio, sudar la camiseta. Pronto alcanzamos unas escaleras de metal y unos pasamanos de cable de acero que alguien puso para facilitar la llegada de personas hasta el refugio Hörnli Hutte a los pies del mismísimo Cervino. La nieve es muy abundante y en algunos tramos cuesta caminar. A la derecha se divisa un precipicio importante y debemos llevar cuidado al progresar por las nevadas laderas. Por fin al filo de las dos de la tarde logramos superar las últimas laderas antes de llegar al Refugio Hörnli Hütte que toma el nombre de la arista Hörli divisoria entre las caras este y norte. El refugio en esta época del año está cerrado pero deja una pequeña parte libre en invierno. Nos encontramos a 3.260 m. de altitud. Pronto se comienza a sentir el frío a medida que cae la tarde. Derretimos nieve y hacemos una sopa que nos caliente. La parte abierta del refugio cuenta con una mesa con bancos, literas con mantas y una cocina en la que no hay de nada. Con un único pensamiento en la cabeza, con la duda de cómo será la ascensión y con los nervios en tensión nos metemos en el saco a intentar dormir.
El día 24 de abril nos ponemos en marcha muy pronto. El día amanece algo nublado pero aún así el amanecer es espectacular. Hace algo de frío. Caminamos unos metros y vemos la primera dificultad de la jornada. Para comenzar a ascender hay que salvar una pared vertical en la que hay una maroma con nudos. La nieve está helada a esta hora y los crampones se tornan imprescindibles. Nada más poner una mano en el Cervino nos damos cuenta de que va a ser durísimo. Esta célebre montaña se encuentra toda descompuesta y la progresión por la arista no es ni mucho menos, sencilla.
Poco a poco vamos ganando altura en un tramo poco expuesto de camino, senda más bien, que, con trabajo, vamos encontrando. Poco después se alza ante nosotros una chimenea de piedra descompuesta. Carlos la sube con su soltura característica y nos asegura desde arriba con un cordino. Además de la roca descompuesta descubrimos que hay hielo lo que complia aún más la progresión.
Lentos, muy lentos y en contínua tensión vamos ganando metros. No vamos bien de tiempo. Estamos tardando muchísimo en zonas que no deberían ser complicadas para quien quiere hacer cima en este pico. El camino se pierde contínuamente, las trepadas son muy expuestas, el vacio bajo los pies mina la cabeza y hace que los nervios desgasten el cuerpo hasta el agotamiento. Pequeños neveros inestables hacen que suspieremos, a menudo de miedo ante lo frágil de las pisadas. Cada uno dependemos de nosotros mismos salvo en los tramos que Carlos nos asegura que son más de los que debería hacerlo.
Varias horas después descubrimos que las maromas que debería haber para salvar tramos comprometidos están quitadas. Suponemos que los guías de verano las quitan al terminar la temporada. Ahora sólo está el clavo que las sujeta. Miramos hacia abajo en algún momento y el abismo es sobrecogedor. Un solo fallo, un paso en falso o cualquier error nos precipitarían mil metros ladera abajo sin una sola posibilidad de sobrevivir. La tensión, el desgaste mental y físico es devastador. Allá a lo lejos entre las nubes que nos acompañan toda la jornada, divisamos la Cabaña Solvay. Parece cerca pero aún quedan muchísimos metros y muchas horas para alcanzarla.
Seguimos muy mal de tiempo, vamos muy tarde y muy lentos pero logramos avanzar. Tememos que la noche nos alcance. Vemos ante nosotros la placa Moseley inferior. El mayor grado de la arista. III inf. Carlos, como siempre, escala hábilmente esta placa y nos asegura. Incluso con la cuerda que nos evitaría caer ante un error, el avance se torna muy complicado. Por fin, tras más de ocho horas, a las cuatro de la tarde llegamos a la diminuta pero deseada Cabaña Solvay. Esta pequeña cabaña, colocada milagrosamente en un pequeño, casi inexistente resalte de la arista Hörnli, lleva ahí desde 1900 cuando un industrial belga, Ernest Solvay decidió financiar su colocación. Cuenta con literas, mantas, una pequeña mesa y un comunicador de emergencias. Ahí pernoctaremos esta noche. Agotados pero contentos de haber llegado nos dedicamos a derretir nieve que nos hidrate mediante infusiones y sopas. El frío es intenso y el calor del saco de pluma es, ahora más que nunca muy reconfortante.. Zermatt se divisa desde esta altitud, 4.003 m. como un haz de lucecitas y en las pistas de esquí vemos a las máquinas pisanieves trabajando sin descanso toda la noche. La tensión no amaina. La subida ha desgastado los ánimos y las fuerzas. La cabeza ahora sólo piensa en bajar, en estar ahí abajo donde cada paso sea firme y no haya que preocuparse de si esa piedra aguantará o nos iremos al vacío.
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