martes, 27 de diciembre de 2011

Cervino (III)

Día 23 de Abril de 2011. Fiesta en Castilla y León, nuestra querida y, ahora, lejana tierra. Amanece con muy buena temperatura aunque con alguna nube en las cercanas cumbres alpinas. Tras un rápido café nos espera una furgoneta, a modo de taxi, para subirnos a Zermatt ya que en esta localidad sólo circulan coches de caballos y vehículos eléctricos.
Primer contratiempo. Al atarse las viejas Koflach de plástico, Cristina descubre que una de ellas está rota, inservible para subir al Cervino. En Zermatt y en tiempo record compra un par de botas nuevas, y carísimas, que garanticen los pies secos al menos.
Encontramos Zermatt lleno de esquiadores buscando los teleféricos que les lleven a las diferentes pistas de esquí. Nosotros usamos uno de ellos que nos sube hasta la cota 2500 desde los 1400 m. de Zermatt. Tras bajar del telecabina en Lago Schwarzsee comienza de verdad nuestra aventura. Ante nuestros ojos el Cervino imponente, poderoso, atractivo. Un escalofrío recorre el cuerpo. La hazaña, ahora, se antoja imposible. La emoción nos embarga y cargados comenzamos a caminar hacia el colmillo alpino por nevadas laderas que nos hacen, desde el principio, sudar la camiseta. Pronto alcanzamos unas escaleras de metal y unos pasamanos de cable de acero que alguien puso para facilitar la llegada de personas hasta el refugio Hörnli Hutte a los pies del mismísimo Cervino. La nieve es muy abundante y en algunos tramos cuesta caminar. A la derecha se divisa un precipicio importante y debemos llevar cuidado al progresar por las nevadas laderas. Por fin al filo de las dos de la tarde logramos superar las últimas laderas antes de llegar al Refugio Hörnli Hütte que toma el nombre de la arista Hörli divisoria entre las caras este y norte. El refugio en esta época del año está cerrado pero deja una pequeña parte libre en invierno. Nos encontramos a 3.260 m. de altitud. Pronto se comienza a sentir el frío a medida que cae la tarde. Derretimos nieve y hacemos una sopa que nos caliente. La parte abierta del refugio cuenta con una mesa con bancos, literas con mantas y una cocina en la que no hay de nada. Con un único pensamiento en la cabeza, con la duda de cómo será la ascensión y con los nervios en tensión nos metemos en el saco a intentar dormir.
El día 24 de abril nos ponemos en marcha muy pronto. El día amanece algo nublado pero aún así el amanecer es espectacular. Hace algo de frío. Caminamos unos metros y vemos la primera dificultad de la jornada. Para comenzar a ascender hay que salvar una pared vertical en la que hay una maroma con nudos. La nieve está helada a esta hora y los crampones se tornan imprescindibles. Nada más poner una mano en el Cervino nos damos cuenta de que va a ser durísimo. Esta célebre montaña se encuentra toda descompuesta y la progresión por la arista no es ni mucho menos, sencilla.
Poco a poco vamos ganando altura en un tramo poco expuesto de camino, senda más bien, que, con trabajo, vamos encontrando. Poco después se alza ante nosotros una chimenea de piedra descompuesta. Carlos la sube con su soltura característica y nos asegura desde arriba con un cordino. Además de la roca descompuesta descubrimos que hay hielo lo que complia aún más la progresión.
Lentos, muy lentos y en contínua tensión vamos ganando metros. No vamos bien de tiempo. Estamos tardando muchísimo en zonas que no deberían ser complicadas para quien quiere hacer cima en este pico. El camino se pierde contínuamente, las trepadas son muy expuestas, el vacio bajo los pies mina la cabeza y hace que los nervios desgasten el cuerpo hasta el agotamiento. Pequeños neveros inestables hacen que suspieremos, a menudo de miedo ante lo frágil de las pisadas. Cada uno dependemos de nosotros mismos salvo en los tramos que Carlos nos asegura que son más de los que debería hacerlo.
Varias horas después descubrimos que las maromas que debería haber para salvar tramos comprometidos están quitadas. Suponemos que los guías de verano las quitan al terminar la temporada. Ahora sólo está el clavo que las sujeta. Miramos hacia abajo en algún momento y el abismo es sobrecogedor. Un solo fallo, un paso en falso o cualquier error nos precipitarían mil metros ladera abajo sin una sola posibilidad de sobrevivir. La tensión, el desgaste mental y físico es devastador. Allá a lo lejos entre las nubes que nos acompañan toda la jornada, divisamos la Cabaña Solvay. Parece cerca pero aún quedan muchísimos metros y muchas horas para alcanzarla.
Seguimos muy mal de tiempo, vamos muy tarde y muy lentos pero logramos avanzar. Tememos que la noche nos alcance. Vemos ante nosotros la placa Moseley inferior. El mayor grado de la arista. III inf. Carlos, como siempre, escala hábilmente esta placa y nos asegura. Incluso con la cuerda que nos evitaría caer ante un error, el avance se torna muy complicado. Por fin, tras más de ocho horas, a las cuatro de la tarde llegamos a la diminuta pero deseada Cabaña Solvay. Esta pequeña cabaña, colocada milagrosamente en un pequeño, casi inexistente resalte de la arista Hörnli, lleva ahí desde 1900 cuando un industrial belga, Ernest Solvay decidió financiar su colocación. Cuenta con literas, mantas, una pequeña mesa y un comunicador de emergencias. Ahí pernoctaremos esta noche. Agotados pero contentos de haber llegado nos dedicamos a derretir nieve que nos hidrate mediante infusiones y sopas. El frío es intenso y el calor del saco de pluma es, ahora más que nunca muy reconfortante.. Zermatt se divisa desde esta altitud, 4.003 m. como un haz de lucecitas y en las pistas de esquí vemos a las máquinas pisanieves trabajando sin descanso toda la noche. La tensión no amaina. La subida ha desgastado los ánimos y las fuerzas. La cabeza ahora sólo piensa en bajar, en estar ahí abajo donde cada paso sea firme y no haya que preocuparse de si esa piedra aguantará o nos iremos al vacío.

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