martes, 27 de diciembre de 2011

Cervino (IV)

El día 25 de abril disfrutamos de un amanecer de ensueño, de postal. Amanece despejado y el Monte Rosa que divisamos al frente se torna idílico. La previsión del tiempo dice que a medio día entrará tormenta. No falla. A la una de la tarde un frente de nubes se fija sobre el cervino y descarga una impresionante nevada que cubre de blanco toda la pared de la montaña. Toda la tarde metidos en el saco, en el refugio sin saber que hacer, de qué hablar o qué pensar. Demasiado silencio. Muy pensativos y con el ánimo por los suelos. Poco antes de cenar hablamos entre todos sobre la conveniencia de intentar la cumbre al día siguiente. La previsión de tiempo da bueno. Mis nervios me pueden, la ilusión hace ya muchas horas que no me acompaña y el deseo de bajar es muy grande. Opto por no subir y así se lo hago saber al resto de compañeros. No estoy en condiciones ni físicas ni anímicas. Además no tenemos gas para derretir nieve y sin hidratación lo pasaríamos muy mal en caso que hubiera que pasar una noche más en la Cabaña Solvay. Juan opta por quedarse también. Tampoco se ve con fuerza. Cristina va a pensarlo durante la noche y Carlos busca a alguien que le acompañe. El sólo no subirá. La noche se hace eterna. Cada segundo es un año y, por fin, los primeros rayos de sol muestran en la privilegiada posición que nos encontramos.
El día 25 Cristina habla con Carlos y le manifiesta que no se ve con fuerza para subir tampoco. Carlos, tranquilo y comprensivo, como siempre, se conforma y prepara todo para la bajada. Suerte tener a alguien como él en el equipo. Hacemos la mochila y comenzamos un verdadero suplicio en cada paso, en cada rápel. Mi bloqueo mental y físico es total. No sería capaz de bajar dos peldaños sin asegurar y eso hace que ralenticemos la bajada hasta el punto de necesitar la friolera de veinticinco rápeles para lograr el refugio Hörnli Hütte. Carlos, siempre calmado y buscando los clavos de los que rapelar, anima a la tropa. Si subir fue lento bajar parece ralentizado. Sigo bloqueado y va a peor. El vacío me puede, los nervios no me soportan, me rindo mil y una veces. Soy un guiñapo, un muñeco sin fuerza, arrastrado hacia abajo por mis tres compañeros, llevado en volandas por tres ángeles que me salvan la vida. Literal. Así de duro y así de simple.
Tras doce horas llegamos a la seguridad de las inmediaciones del Refugio Hörnli Hütte en el que decidimos pernoctar dada la hora a la que hemos bajado.
Me encuentro en muy mal estado aunque contento por haber dejado atrás ese tormento. Ahora comprendo que yo no debería estar ahí. Que jamás debería haber subido y que he sido una rémora, una carga y el único culpable que la expedición no haya llegado a buen término. Hablo con mis compañeros y les pido, les suplico, me disculpen. Ellos, comprensivos, no hacen sino animarme y reconfortarme.
Esta noche dormimos a pierna suelta.

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